lunes 6 de agosto de 2007

Camino al cielo, monje al monasterio



Foto © Ezequiel Scagnetti - Julio del 2007 - Un monje ortodoxo reza en el monasterio de Neamt, norte de Rumania.


Julio 2007

Texto del Dr. Augusto Plot

Monjes ortodoxos de Rumania: un viaje al Medioevo

"Me siento bien aquí, en el cementerio, porque ellos, los monjes muertos, han sido lo que soy y me muestran lo que seré", dice el padre Calisto con una sonrisa enigmática que parece venida de otro tiempo y, comienzo a creer, de otro mundo, mientras nos paseamos entre las cruces que se extienden junto a la iglesia del monasterio de Petru Voda, primera etapa de nuestro viaje. Cae la tarde en los confines del Rumania, pero el sol inhumano y una temperatura de 40 grados continúa azotando sin piedad a los muertos y los vivos, entre ellos Raluca, nuestra guía espiritual y puerta de entrada a los misterios que atesoran los viejos monjes ortodoxos de la célebre región de Bucovina.

Cerca de la frontera con Ucrania y Moldavia, más allá de las tierras del temible y novelesco Vlad Tepes, o Drácula (como prefieren llamarlo algunos), los monasterios se suceden entre bosques de hayas, ríos, valles y algunas llanuras. Hace falta recorrer unos 400 kilómetros de ruta eludiendo los Cárpatos para llegar desde Bucarest hasta las puertas de Bucovina y sus iglesias con magníficos frescos en los muros externos. Frontera imaginaria y móvil entre el Islam y el cristianismo ortodoxo durante cientos de años, los símbolos religiosos cobran un significado especial en estas latitudes aisladas durante tanto tiempo de Occidente, y así lo hacen saber no sólo la deslumbrante arquitectura de los monasterios, sino también los secretos que se encierran en su interior.

En nuestro ascenso del sur al norte de Rumania, además de Petru Voda cruzamos otros conventos como el de Agapia, donde viven 400 monjas y en el que apenas se nos deja echar un vistazo antes de ser cordialmente invitados a volver a la ruta. Si la severidad observada en algunos lugares provoca una cierta frustración que amaga con arruinar la aventura, Raluca no se deja amedrentar y mantiene la confianza. Es ella quien insiste en continuar hasta Neamt, el monasterio más antiguo de la provincia rumana de Moldavia, y quien logra que el padre Basilio, su responsable, acepte nuestra petición y nos abra las puertas a la austera vida monacal de los hombres que lo habitan.

Los orígenes de Neamt, una preciosa roca mística imposible de erosionar a pesar del paso del tiempo, remontan a fines del siglo XIV, cuando bajo el reinado de Petru Musat habría dejado ser un simple refugio de madera para convertirse en una fortaleza con una iglesia, celdas y torres. Su historia muestra las turbulencias que atravesaba en aquellos tiempos la región en la que se encuentra: será reconstruido varias veces, sobreviviendo de la primera época su templo central, la iglesia de la Ascensión del Sabio, obra del gran príncipe moldavo Stefan cel Mare (Esteban el Grande) y que data de 1497.

Si ese año puede parecer fundacional para algunos, no lo es para Neamt, que para entonces ya ha vivido varias vidas. Prueba de ello es la existencia de un "Libro de los Evangelios" escrito y pintado entre sus muros por Gabriel Uric en 1429, y que se encuentra actualmente en la Bodleian Library de Oxford, donde es exhibido como una de las joyas de la colección. La ausencia de este precioso manuscrito no menosprecia en nada el valor de la biblioteca del monasterio, que reúne unos 22.000 volúmenes, algunos de ellos de extrema rareza, como nos explica Andrei, uno de los primeros monjes con el que entramos en contacto y, quizás no por azar, uno de los más jóvenes del convento.

Son casi las once, la hora del almuerzo después de la misa matinal. En las dos largas mesas del salón comedor se sientan monjes, pobres y discapacitados. Los carenciados son los que reciben los primeros platos de mamaliga (polenta con branza, un queso de cabra salado) servidos por los religiosos. Unas jarras de agua y pan campestre acompañan la comida tradicional rumana. Es en ese ámbito que se presta al diálogo y la convivialidad que Andrei nos cuenta la primera historia extraña de Neamt, y que está vinculada con el camino que lleva de la entrada del monasterio hasta la iglesia que se encuentra en su corazón. Dice la leyenda que tiempo atrás, mucho tiempo atrás, sus baldosas se levantaban sin razón una y otra vez, como si una fuerza subterránea las sacara de su lugar. El extraño hecho se repitió en varias ocasiones, ocasionando comprensibles trastornos y perturbando la conciencia de los monjes, que se preguntaban cuál podía ser la causa de semejante desvarío. Eso hasta que a uno de los monjes se le ocurrió organizar una excavación en la zona en cuestión. El previsible resultado de su idea fue el hallazgo debajo del camino de los restos de un religioso que habría vivido en Neamt en el siglo XIV. Cristiana sepultura de por medio para el ánima en pena, las baldosas ya no volvieron a levantarse y la tranquilidad volvió al lugar, que hoy en día recuerda al padre revoltoso con una placa.

La mamaliga es deliciosa, aunque, claro, no sea quizás la comida perfecta para un violento mediodía de verano que pide levedad. De todos modos, no hay opción. Y como no hemos comido nada desde la noche anterior, mejor no desaprovechar esta oportunidad de repetir un plato y quedar saciados. Menos intrusos tras la comida, Andrei no conduce hasta el molino en el que trabajan la sémola de maíz los padres Ioanichie y Gabriel, las huertas y los corrales de los animales fuera del monasterio y las catacumbas, ubicadas junto al cementerio, en un patio trasero también más allá del recinto monacal. Hablamos de los tiempos del dictador Ceaucescu y las persecuciones; de la vida austera de viejos monjes de casi 90 años que esperan la muerte en humildes habitaciones de mobiliario minimalista (cama, mesa y silla de madera) y decoradas apenas por un icono; de la historia de Bucovina, hoy dividida en partes igual entre Rumania y Ucrania tras un pasado trágico que la vio pasar de manos otomanas a austríacas, rumanas, polacas, nazis y soviéticas hasta su situación actual. Conversaciones que se interrumpen cuando los monjes regresan a sus ocupaciones y que se reanudarán a las cinco, a la hora de la cena.

La noche cae con cierta rapidez y la vida monacal se rige por el sol, forzando a los visitantes a plegarse al silencio y la lectura o el sueño anticipado. A la mañana siguiente, antes del almuerzo, asistismo a parte de la misa en la iglesia principal, donde escuchamos hipnotizados los cantos de Gabriel. Luego, tras la mamaliga y agua, tenemos el gusto de conocer a otros dos grandes personajes de Neamt: al padre Macaríe, un dulce anciano de 88 años que nos sonríe desde su inmensa paz; y al padre Jacobo, el contador del monasterio, que nos recibe sentado frente a un ordenador y una impresora en su oficina. Todavía estamos disfrutando de esa curiosa imagen que combina la tradición y la modernidad, cuando el padre Basilio se nos acerca y nos ofrece una oportunidad única: la posibilidad de asistir a una sesión de exorcismo que se lleva a cabo en ese momento en uno de las capillas de Neamt. Raluca pone cara de sorpresa ante la propuesta; nosotros también.

La claridad enceguecedora de las primeras horas de la tarde vuelve aún más extraordinaria la penumbra del interior de la capilla, impreganda del olor a incienso y los cantos que nos llegan al atravesar la puerta. Los muros están cubiertos de frescos con escenas del Nuevo Testamento, la vida de Jesús, la Virgen María, y se pueden ver varios iconos, entre los que identifico la imagen de San Juan Bautista. En la cúpula, Cristo Pantocrátor domina el recinto. Si el marco ya nos inflama de todo el misticismo que transmiten las iglesias ortodoxas, y que tanto la diferencian de los secularizados templos católicos, lo que vemos a continuación nos deja en absoluto silencio: un padre anciano, de nombre Tarasíe, según nos dirán más tarde, se encuentra de pie a un costado del iconostasio entona unas frases que devienen cantos con un libro en la mano y una mano apoyada en la cabeza de una mujer que parece en trance. No es todo: un hombre arrodillado, que después sabremos es el marido de la supuesta poseída, se esconde debajo del manto del monje, que nos observa con gravedad por un momento antes de cruzar la mirada con Basilio y comprender que es bajo su autorización que estamos allí. Si el padre Tarasía continúa el rito sin inquietarse, la mujer, que también nos ha visto, no reacciona de la misma forma. Apenas nos ve, escapa de la mano protectora del monje y se acerca a nosotros mientras pronuncia algunas palabras incompresibles. Ante nuestro estupor, toma de los hombros al fotógrafo y lo obliga a arrodillarse, siempre murmurando algo que no logramos descifrar. Ni Basilio ni Raluca intervienen. La escena dura unos segundos, que parecen siglos, hasta que el hombre debajo de la sotana viene a buscarla y se la lleva para colocarla nuevamente en manos de padre Tarasíe.

Por desgracia, o para bien, quién sabe, no llegamos a ver el final del rito. Tras el incidente, el padre Basilio parece cambiar de opinión sobre lo conveniente de nuestra presencia y nos invita a abandonar la capilla. Como no podemos oponernos, nos conformamo con dedicar entonces una última mirada a Tarasíe y la mujer, que parece haber olvidado la intromisión. Unos segundos apenas y la luz del exterior recupera su intensidad y la extraña secuencia a la que acabamos de asistir se esfuma lentamente en medio del calor y la nitidez de un día veraniego como tantos otros. Bajo ese cielo que no llega a ser azul por una ligera bruma y un sol siempre inclemente, Borges y García Márquez ocupan el lugar que minutos atrás dominaba uno de los ritos más misteriosos de la iglesia, y Basilio aprovecha la ocasión para hablar de las raíces latinas de Rumania y de la necesidad de recuperar esos valores tras años de comunismo y rusificación.

Nos quedan todavía unas horas en Neamt antes de volver a la ruta y continuar viaje hacia el norte, a los monasterios de Humor, Sucevita y Voronet, éste último el más famoso de Bucovina con su impresionante fresco del "Juicio Final" en uno de sus muros externos. Lo que queda por ver es mucho, nos dice Raluca, guía infatigable. Lo ya visto también, responde el fotógrafo, todavía impresionado. Y mientras nos acercamos a la puerta del monasterio y el campanario por el camino de baldosas del monje desconocido es como si nos alejásemos irremediablemente del Medioevo y los secretos que comenzabamos a rozar y que seguirán ocultos detrás de los muros del monasterio, custodiados por hombres como Andrei o Tarasíe, Macaríe o Gabriel, todos humanos como nosotros aunque venidos de otro tiempo y, ahora lo creo con más convicción, de otro mundo.


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